Desde el momento de su llamado “descubrimiento”, América ha sido imaginada como un lugar de posibilidad. El Nuevo Mundo: un sobrenombre construido desde fuera y a la distancia; tierra de promesas, riesgos, abundancia y mito. Estas visiones de potencial inexplorado —entrelazadas con la conquista y el extractivismo— convirtieron al continente en un escenario donde las utopías podían realizarse, muchas veces al costo de borrar a sus habitantes originales y sus ecologías.
Acuñada por Tomás Moro en 1516, la palabra utopía contiene una ambigüedad reveladora: significa “no lugar” (ou-topos), pero se asemeja a “buen lugar” (eu-topos). Desde entonces, el concepto oscila entre la aspiración y la crítica, entre imaginar alternativas radicales y evidenciar los fracasos más profundos de la sociedad. En un contexto marcado por el colapso climático y la inestabilidad política, este número de ARQ se pregunta qué puede ser la utopía hoy. ¿Cómo siguen operando sus ideas —de rechazo, de posibilidad, de transformación— en los territorios y en la arquitectura en América? ¿Qué proyectos contemporáneos movilizan la utopía no como evasión, sino como herramienta para pensar futuros más justos, más situados y no por ello menos radicales?
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